Risas y más sonrisas, para comenzar un nuevo día olvidando la negra noche.
Bajo la lluvia controlada, observábamos el transcurrir del agua formando pequeños meandros en nuestros cuerpos, más en las prominentes colinas que formaban sus pechos y como las lágrimas escurridizas del agua, se infiltraban en su valle. Mucho más hermoso su vergel lluvioso que las estalactitas que formaba el goteo de agua desprendiéndose de mi erecto pene.
Todo un arte el blanquear de jabón nuestros cuerpos. Antes que llegaran estas sonrisas, provocadas por el recién inventado juego, más que un juego una apuesta, en quien sería el primero en salir del baño. Una vez bien enjabonados, fabricando esa espuma en el frote del jabón sobre nuestros desnudos cuerpos. Sus manos recorrieron cada uno de mis rincones para comenzar un día olvidando la negra noche. Seguí su ejemplo, nos mantuvimos de pie dentro de la bañera, desnudos, mis manos descubrían la autopista de su talle, pagando el peaje en el encuentro de nuestras bocas pegadas, bebiendo la sed de nuestro amor.
La apuesta consistía, con la participación del agua, en quien sería el primero en salir de la bañera. Sin que nuestras manos entraran en lid del juego, aquel en que el agua adecentara su cuerpo sin una mota de jabón, sería expulsado en primer lugar del baño y, como consecuencia, prepararía el desayuno.
Era todo un espectáculo como Ella se movía jugando con el agua sin utilizar sus manos, su cuerpo; su palmito, menudo, ágil, esbelto; embelesado en esos movimientos, mejor dicho, hechizado por su cuerpo, la lluvia de la ducha apenas rozaba mi dermis,

descansando sobre mi piel esas pompas de agua que formaban el jabón.
Por supuesto Ella fue la primera en salir del baño, después del almuerzo supe del porque su ilusión en salir la primera del baño. Quería obsequiarme con un almuerzo, sino especial, sí preparado por Ella antes de su adiós, lo que entristecía la velada.
Embobado como estaba dentro de la bañera, mis ojos iban perdiendo la imagen desnuda de Ella, el espejo, vestido de vaho, impedía ver su desnudez. Perdí el juego, la apuesta y su presencia. Como perdedor fiel, mis manos ayudaron al agua a desjabonar mi cuerpo. Mientras oía su trajinar, salí del balo y, a modo de turbante en mi vientre, coloqué una toalla cubriendo mi parte pendular y trasero. Como Ella, sigilosamente, el vaho había huido del espejo, disimuladamente. Pasé mi mano por el rostro y decidí que sí, que mi barba de dos días, nacimiento de nieve en polvo sobre la cara, necesitaba un rasurado. Sonreí; asociando el bello rasurado de su vello entreacto de su sexo, con el rastrillo duro que florecía en mi rostro.
Con ese atuendo de media chilaba cubriendo mi cintura hasta los tobillos, la dejar el baño tras de mí, quedaron mis pies como pegados al parket. Cerré los ojos colmando mi interior de aromas en un tiempo de niñez. Respiré hondo, guardé en mi iris la presencia de su hermosura y en mi olfato la esencia de un prometedor almuerzo.

Ella, desnuda sobre la cama de espalda a mi vista, lucía su encanto sin la necesidad de la luz natural del día. Entre sus manos removía unos papeles. Sobre sus pantorrillas, sentada al modo indio, descansaba una carpeta azul. Al aproximarme a su lado, giró la cabeza, sonriendo, guardó los papeles, descruzó sus piernas y, como si hubiera calculado el tiempo, el pitido del microondas delató ese olor que avivaba mi olfato.
-No te molesta ¿verdad? – Fueron sus palabras refiriéndose a su desnudez.
Sonreí. -¿Cómo me va a molestar la presencia de una Gioconda sonriente tan preciosa y maja goyesca?
-Antes de marchar lavé las bragas de estos días y ahí están, como banderas al viento, desaguando su limpieza. Tengo unas braguitas en la bolsa, pero ya sabes, si no es por necesidad en complemento de algún vestido de noche, me molestan horrores esa especie de tirachinas como braga hundiéndose su cinta trasera en la hendidura del culo.
Calladamente le di la razón en cuanto a la incomodidad. No obstante, me callé el hecho que muchas jóvenes y no tan jóvenes, alegraban el día a los hombres, según sus posturas, descubriéndonos ese guiño en el inicio donde la espalda pierde su nombre.
Degustando un té mentolado con tostada sin mantequilla y dulce de frambuesa sobre la misma, seguía recordando mis gustos, (ella se tomó un café, en esa taza pintada por Dana Chabino, aunque ella ignorara quien es Chabino, y sus cereales) me contó la ruptura amorosa con su ex, un calvario su convivencia que no había contado a nadie y el nuevo amor que conoció dos años después de esa ruptura.
Sigo teniendo mis miedos, me dijo, pero él, mi nuevo amor, fotógrafo de profesión, me ayuda a perder ese miedo y mostrar mi cuerpo desnudo. El pasado mes de Septiembre, como terapia a esos miedos y sentirme libre, querer más mi cuerpo y sentirme segura, me llevó a la isla de Formentera, perdiéndose por la zona de S’Estufador. La Nikón hizo de testigo y la digital de borrar y seguir hasta conseguir la sonrisa sin vergüenzas. Desde que me separé de mi ex, maltratador y dominante, sufro al quedarme desnuda delante del hombre. Mi actual pareja me está ayudando a autoquererme y tú, tú eres la prueba que necesitaba, lo sabes ¿verdad? Te quiero.
Su historia, su vivencia; escalofriante. Me gustaría haberla grabado, para no perder el tono con que me la contó y, sobretodo, para no escribir una palabra o un goce mal interpretado de sus labios.
Nos amamos. Nos queríamos. Me sentía feliz con él y él conmigo. La relación no sufría ninguna grieta y sexualmente eran más que satisfactorias. Él me enseñó a amar. Sï; experimenté muy joven el placer sexual con esa persona mayor que yo, quizá ahí radicó el empeoramiento, la destrucción de nuestro amor como castillo de naipes. Me forzó a mantener relación sexualmente de una manera animal, más que follarme, llegó un momento que parecía querer destrozarme, romperme. En su posesión hacía mi, ya no había amor, me dejaba hacer por miedo y, sobretodo, el estar fuera de mi país, sin conocer exactamente las leyes de su país si huía de él.
Yo le amaba, seguía queriéndole. Seguía sintiendo placer cuando me abrazaba y me follaba haciéndome participe de su orgasmo y mi orgasmo. Veía que poco a poco se iba deteriorando, el miedo seguía atándome a él. Sus exigencias sexuales cambiaron.
Me dejaba acometer por el culo. Dejaba que experimentara con objetos, algunos momentos sentía placer, sin confesárselo, y esto, me desconcertaba, me confundía. Su excitación sexual se prolongaba más allá de nuestro coito. Más allá de nuestras caricias sensuales con el fin de llegar a la excitación apasionada de dos cuerpos desnudos. Al principio lo tomé como un juego más sexual, su parafilia (para el amor) me asustaba y al mismo tiempo, dentro de mí experimentaba una atracción orgiástica…..
Ella, se levantó de la silla, su sexo, centelleante trigal que me regalaba la luz de la mañana, quedó a la altura de mi boca, su sabor se confundía con el olor de té mentolado en mis labios.

Se acercó al sofá, se aposentó en ese ángulo apoyada en el respaldo del cojín, descansó su pierna izquierda sobre la derecha, en ese momento me vino a la mente el cuadro del alemán Kichner, Marcella, que, junto con su hermana Franzi, fueron incansables musas del impresionismo alemán, el grupo llamado Die Brucke. La voz de Ella, iniciando de nuevo aquellos puntos suspensivos, borró mi pensamiento del pintor, regalando a mis ojos la postura de Ella y su voz.
…….esos juegos entre él y yo, un coito diferente, iba acompañado con un final feliz envuelto en repetidos orgasmos.
(La escuchaba embelesado, sin interrumpir su alivio)
Habíamos hablado en repetidas veces, me había comentado que tal si practicamos un trío. Sonriendo, en ese estado de felicidad, le dije que podríamos experimentar, se lo dije como una utopía sin tener en cuenta ni pensar que se lo tomaría al pie de la letra.
Aquella misma tarde, viernes, me dijo que tenía un regalo para mí, para los dos. Exactamente dijo pronunció esas palabras “para los dos”. Con mimos y carantoñas le sonsaqué la declaración del regalo.
Un trío, me dijo. Esta noche follaremos a tres bandas. Mis ojos se abrieron de par en par, asustada, sorprendida. Me calmó de caricias, confesando que era eso lo que un día propusimos, Propuso, pensé. Me mente comenzó a dispararse, me acicalé, me lavé y en todos esos minutos y horas hasta la espera del tercer personaje por descubrir, imaginé como sería ella, la tercera persona.
El reloj marcaba las 22h. El din don dan del timbre, sobresaltó mi tranquilidad, mi corazón era el tic tac del reloj. Él, abrió la puerta, varias voces llegaban hasta la habitación donde me encontraba. No distinguí ninguna voz femenina.
Al oír mi nombre, salí de la habitación. Allí, delante de mis ojos, estaban ellos.
Dos hombres y yo, este sería el trío, pronunció Él. La nuez de mi cuello, subía y bajaba. Mis palabras quedaron ahogadas, mis ojos sin créditos. Él, mi pareja, descansó su mano en mi cintura llevándome a la habitación y diciendo unas frases y palabras que oía sin oír, sin comprender. Tan sólo se me quedó que ellos dos formarían el trío conmigo y Él, mi pareja, sentado en el sillón observaría la copulación o unión sexual de los dos individuos conmigo.
Me cogieron con fuerza, sin brutalidad. No pude reaccionar en nada, estaba asustada, estática, muda, fuera de mí. Pensando si todavía estaba en mi sueño o se trataba de una broma muy pesada.
Noté mis pechos acariciados por manos extrañas, finas, pero desconocidas, este striper o gigoló (confesión posterior de Él, mi ex pareja. Les pagó para ello) endureció mis pechos, sus manos sujetaban mis brazos, su lengua recorría mis pechos, lavando mis poros, succionando mis pezones.
Mi ex pareja, desnudo frente a mi, aposentado en un sillón, sonreía acariciándose su pene, disfrutando sexualmente de la inspección que esos dos desconocidos ejercían sobre mi cuerpo. Noté como unas manos separaban mis piernas y subían despacio por mis muslos interiores. Unos dedos jugaban rizando aún más mi vello. Mi coño no estaba seco, pero tampoco húmedo de placer, sentí como un líquido resbalaba por mi nalga interior, notando como mis labios se mojaban de ese líquido, a todas luces un aceite estimulante como para que sus dedos entraran en mi coño sin brutalidad. Me rendí, exhausta o derrotada, dejé de luchar contra esos dos impedimentos. Lloraba por dentro….
(No quise interrumpir su relato. Notaba estrellitas vidriosas en sus ojos y un claro desenlace que creí conveniente finalizara con el punto final de su voz).
Miré a mi ex, ojos desorbitados, semicerrados y su mano masturbándose. Su espalda reposada en el respaldo del sillón, sus piernas separadas, estiradas y su mano derecha frenéticamente subiendo y bajando por su miembro.
Mi pareja de cama, los dos pagados, aflojaron su fuerza sobre mi, ahora disimulaban que me follaban para que mi ex acabara su paja. El grito liberado de su boca, acompañó la liberación de un semen en saltos sobre su mano, su polla y la alfombra a sus pies. Su vientre, excitado, sus ojos cerrados, su mano encerrando su polla, me produjo en un corto espacio de tiempo, segundos, una excitación de la que nunca supuse que tendría. Todo ello una confusión en mí.
Los dos gigolós abandonaron la cama, se ducharon y en unos minutos desaparecieron de casa.
Me acurruqué desnuda en la cama, tiritando, asustada, llorando o pensando del porque. Del porque esta parafilia de mi ex. Sentía el agua de la ducha sobre su cuerpo. Sentí su cuerpo lavado en mi cuerpo. Me abrazó. No supe reaccionar, muda, como prisionera de una situación desconocida. Me separé de Él, sin fuerzas, desnuda, me arropé dentro de la cama hasta dormir mi pesadilla. En la madrugada, sobresaltada, llegaron esos miedos y gritos que anoche pudiste oír. Esos fantasmas se van disipando poco a poco, tú, me has ayudado mucho.
Cuando estaba a solas con mi ex, disfrutaba sexualmente, disfrutábamos con lascivia, pasión de nuestros cuerpos. Esas escenas de regalo en trío, más tarde supe que todo era pre acordado y que no eran gigolós, sino amigos de Él, de mi ex pareja. Esas escenas de trío, digo, se sucedieron con amenazas y se sucedieron a peor.
Tú estabas en el extranjero, corresponsal de guerra y ese día, tantos días confesándote esas experiencias sin oírme por tu trabajo de corresponsal, me armé de valor y se lo conté a mi actual pareja, el fotógrafo de quien te hablé.
Él mi actual pareja, me está ayudando mucho, pero quería sentir tu ausencia. Quería contártelo a ti, para que con tu pluma o no, ayudes a otras mujeres y a mi misma. Te quiero mucho, lo sabes. Te quiero tanto que debías de saberlo por mis labios.
Me levanté, resbalando al suelo la especie de chilaba que cubría mi cuerpo. Me abracé a Ella. Ella, más que abrazarme, clavó sus manos en mis hombros, notando como sus pequeños y generosos pechos, se confundía en mi pecho. Recogí su cara con mis manos, sequé sus lágrimas con mi boca, acaricié su lengua con mi lengua, lentamente, intencionadamente. Lasciviamente. Sus manos acariciaban mis nalgas y mi pene no tardó en lucir su erección más exquisita con la frescura y suave tacto de su piel.

Nos abrazamos fuertemente. Sus lágrimas de felicidad en el abrazo, resbalaban por detrás de mi hombro. Le susurré que debía asearse, vestirse, ya que el avión que la llevaría a su nueva residencia alzaría el vuelo a las 13h 15. Mientras preparaba su bolsa, me vestí lo más cómodamente para llevarla al aeropuerto, 36 kilómetros, para decirnos hasta pronto.
La cama sin hacer, el rayo de luz filtrándose por la ventana, daban a su silueta la sombra de dos cuerpos desnudos, exhaustos en el primer polvo de la mañana. Una imagen que, quizás, ella descubrió al volver su cabeza y enfocar sus ojos claros en mi mente. Pero no, pensé, me mira porque desea que participe en ese mudamiento de su cuerpo, es decir, el vestimiento íntimo de su desnudamiento.
Al salir del garaje, a unos 100metros, que es la separación de mi cabaña con la casa vecinal, bajo el porche, se hallaba Susan, mi vecina. Hice sonar el claxon como saludo en la mañana, un saludo con su mano en el aire, descubrió el libro que estaba leyendo en esos momentos, Invisible, de Paul Auster.
Sonreí silenciosamente. Mi vecina se hacía visible e invisible, según las horas de nuestros días.
Despedí a Astrid, este es el nombre de mi amiga/amada, con el beso y abrazo interminable. Con el deseo de vernos pronto y que, como ella mismo sabe, puede contar conmigo. Como dijo el poeta, no una ni dos, sino contar conmigo.
No me apetecía quedarme a comer por las marismas del Prat de Llobregat, la distancia a mi cabaña, no era mucha, así que decidí comer en Collbató, asear la cabaña y cerrar la misma hasta que la niebla borrara de mi mente los días transcurridos felizmente con Astrid.
Me sorprendió. Me sorprendió ver a Susan retroceder sus pasos en mi dirección. En su mano llevaba un sobre grande de color chocolate, las iniciales de la empresa, UPS, no llevaba a duda alguna que se trataba de correspondencia. Ella, Susan, recogía mi correspondencia, es decir, toda la documentación a mi nombre figuraba su dirección por aquello de ser residente habitual en la casa vecina.
Me entregó el sobre, sin remitente. Lo ojeé otra vez por averiguar si reconocía la letra, pero no.
Susan dejó oír su voz: “He preparado conejo en salsa de paté con aroma de tomillo, siendo la hora que es, 15h40, si te apetece quedas invitado.
La miré, la sonreí. Una sonrisa de afirmación. Mientras Susan encaminaba sus pasos a su casa, dejé el envío sobre la cama y las llaves del coche en la mesita de la habitación. En la corta distancia, Susan, de espalda, se asemejaba a cualquier joven de treinta y pocos años. Es una mujer adulta, madura, entrada en años, pero bellamente hermosa, no una belleza despampanante, sino una belleza como persona. Una persona culta, lista, conversadora y muy atractiva. Tendría unos cincuenta y tantos años, pero que más da esos tantos años si la juventud la llevas dentro de ti.
Ummmmmmmm, una comida exquisita, sin abuso de aceites ni potingues, te felicito Susan, no sólo me sorprende tu estado ermitaño, feliz, sino que me sorprende tus artes culinarias tan desconocidas en mí.
Me acomodé en el sofá mientras se calentaba el té. Hablamos del libro que estaba leyendo, coincidiendo en que su autor, Auster, nos sorprende con cada nuevo libro, nos sorprende con la fuerza narrativa e imaginación en desarrollar historias y darles el rumbo a la par de su mano con su cerebro.
Cruzó sus piernas, disparando una frase que la sonrisa de sus ojos no ocultaba, una frase con intención.- “Te gustó de verdad el conejo”. Antes de finalizar la palabra conejo, desdobló de nuevo sus piernas con instinto básico, descubriendo sin timidez ni rubor una entrepierna que dejó en suspensión por segundos ese nido desprovisto de bragas.
La miré a los ojos, Susan me estaba mirando con deseo, con el mismo arrebato con que mis ojos enfocaban sus ojos. Poco a poco, notaba como se iba cerrando el espacio entre nuestros rostros, percibiendo el agua de sus labios en mi boca.
Nuestras lenguas se alborotaban en el interior del nuestras bocas, descubriendo el hilo hacía el laberinto de Ariadna. Noté sus manos deshaciendo mi camisa del cuerpo y su lengua jugando en mis tetillas. La falda de estar por casa cayó sobre el suelo, mis manos alzaban y liberaban esa camisola de su cuerpo por encima de la cabeza. Percibiendo mis manos un caliente bienestar al acariciar sus pechos. Besé sus pezones, botones de ancla duros y fuertes en la hora de la tarde. Deslicé mis manos por sus costados, dejando la yema de mis manos en u piel al tiempo que mi cabeza bajaba a su regazo marcando un reguero de placer que mi lengua dejó en su ombligo. Arrodillado frente a ella, mis manos separaron aún más sus muslos, dejando al descubierto un trigal como sus cabellos, dorados de aire y sol. Una piel blanca configuraba el placer erótico y sensual con mi bronceada piel. Hundí mi cabeza entre sus muslos, unos muslos generosos, escurridizos a mis dedos. Sus manos guiaban mi cabeza, estirando con delicadeza mis cabellos al tiempo que su boca liberaba un susurro permanente de deleite gozo.

Mi órgano movil de la lengua, tras unas breves caricias de mis dedos sobre el contorno de su sexo, comenzó a acariciar como una dócil excavadora la grieta dorada sonrosada y dorada. A cada lengüetazo que arrullaba mi lengua, notaba como sus labios se abrían aguando su herida, mojando mi boca. Abrí los ojos para contemplar en dos segundos el dibujo de sus abiertos labios en forma de mariposa, abierta su vagina abanicando con mi lengua el glande de su clítoris y su capuchón clitorial. Mis dedos, en su parte trasera de la vagina, en la zona conocida como cul de sac, provocando sensaciones orgásmicas levantando sus músculos, acariciando sensorialmente los ligamentos que rodean el útero al excitarla sexualmente con mi lengua y dedos. Sus manos sujetaban fuertemente mi cabeza, quizás con el miedo que abandonara ese placer que sentía. Sin dejar de masturbarle esa zona trasera posterior de su vagina, mi lengua seguía hundiéndose en el interior de su vagina, confundiéndose sus jugos con mi saliva. Retiré, retrocedí, como si fuera mi pene, la lengua de su botón clitorial, no quería que se corriera todavía, aunque sus gemidos y espasmos anunciaban el desenlace deseado. Con mi lengua, estimulé ese músculo púbico que se encuentra rodeando la abertura de la vagina y, tal como ya estaba excitadísima, mojada, su gemido fue más que un desembarco orquestal un desembarco de orgasmos en el momento que volví a hundir mi lengua tecleando su botón clitorial. Su líquido se escapaba entre sus labios y sus muslos siguiendo el sendero de agua que había dejado mi lengua en su entrepierna. Noté la flojedad de sus manos en mi cabeza, retiré mi cabeza encerrada en sus piernas, la miré. Sus cerrados ojos, su respiración agitada, se confundían con el galope de sus pechos, unos pechos despiertos, excitados en esa pasión voluptuosa de pasión entre dos amantes clandestinos.
Se dejó caer a lo largo del sofá, seguía con los ojos cerrados. Besé despacio su cuerpo, sus labios, su boca.
Abrazados, nos quedamos adormecidos. No recuerdo, ni Susan tampoco, como ni cuando, al despertarnos, nos encontramos desnudos y abrazados sobre la cama.
Sus brazos abrazaron mi cuerpo, me besó. La besé.

Recogí mis ropas desperdigadas por la sala, cerré sigilosamente la puerta. Mis pasos siguieron la senda escondida entre el cañaveral que me acercaba a la cabaña. El rumor del río portaba una pasión secreta más allá de su desembocadura.
Me desvestí de nuevo, descontando las veces que lo había hecho en el día de hoy, sonreí ante la ocurrencia. Desnudo, me dejé caer en la cama, rebotando en mi vientre el sobre que me entregó Susan. Abrí la pestaña del mismo, unos folios y unos dibujos, se precipitaron de su interior cubriendo me sexo dormido.
Reconocí esos bocetos y la letra de los folios. Iban acompañados por una pequeña nota escrita por Ella, por Astrid.
“Seguro que tú, amado amigo, sabrás componer con tus letras, la musicalidad de estos bocetos. Te quiero”.
Los dibujos estaban realizados por Astrid y venían a esclarecer sus miedos. Cada uno de esos bocetos representaba escenas escabrosas de su ex con Ella. Pero esto, estos dibujos, cualquier día verán la luz con letras o sin ellas, esto será o serán, otras historias desde la cabaña.
