lunes, 8 de marzo de 2010

TRAS LA LUZ DE TUS MIEDOS

Nos levantamos, dirigiéndonos al baño, la ducha fue compartida.
Risas y más sonrisas, para comenzar un nuevo día olvidando la negra noche.

Bajo la lluvia controlada, observábamos el transcurrir del agua formando pequeños meandros en nuestros cuerpos, más en las prominentes colinas que formaban sus pechos y como las lágrimas escurridizas del agua, se infiltraban en su valle. Mucho más hermoso su vergel lluvioso que las estalactitas que formaba el goteo de agua desprendiéndose de mi erecto pene.
Todo un arte el blanquear de jabón nuestros cuerpos. Antes que llegaran estas sonrisas, provocadas por el recién inventado juego, más que un juego una apuesta, en quien sería el primero en salir del baño. Una vez bien enjabonados, fabricando esa espuma en el frote del jabón sobre nuestros desnudos cuerpos. Sus manos recorrieron cada uno de mis rincones para comenzar un día olvidando la negra noche. Seguí su ejemplo, nos mantuvimos de pie dentro de la bañera, desnudos, mis manos descubrían la autopista de su talle, pagando el peaje en el encuentro de nuestras bocas pegadas, bebiendo la sed de nuestro amor.
La apuesta consistía, con la participación del agua, en quien sería el primero en salir de la bañera. Sin que nuestras manos entraran en lid del juego, aquel en que el agua adecentara su cuerpo sin una mota de jabón, sería expulsado en primer lugar del baño y, como consecuencia, prepararía el desayuno.

Era todo un espectáculo como Ella se movía jugando con el agua sin utilizar sus manos, su cuerpo; su palmito, menudo, ágil, esbelto; embelesado en esos movimientos, mejor dicho, hechizado por su cuerpo, la lluvia de la ducha apenas rozaba mi dermis,
descansando sobre mi piel esas pompas de agua que formaban el jabón.
Por supuesto Ella fue la primera en salir del baño, después del almuerzo supe del porque su ilusión en salir la primera del baño. Quería obsequiarme con un almuerzo, sino especial, sí preparado por Ella antes de su adiós, lo que entristecía la velada.
Embobado como estaba dentro de la bañera, mis ojos iban perdiendo la imagen desnuda de Ella, el espejo, vestido de vaho, impedía ver su desnudez. Perdí el juego, la apuesta y su presencia. Como perdedor fiel, mis manos ayudaron al agua a desjabonar mi cuerpo. Mientras oía su trajinar, salí del balo y, a modo de turbante en mi vientre, coloqué una toalla cubriendo mi parte pendular y trasero. Como Ella, sigilosamente, el vaho había huido del espejo, disimuladamente. Pasé mi mano por el rostro y decidí que sí, que mi barba de dos días, nacimiento de nieve en polvo sobre la cara, necesitaba un rasurado. Sonreí; asociando el bello rasurado de su vello entreacto de su sexo, con el rastrillo duro que florecía en mi rostro.

Con ese atuendo de media chilaba cubriendo mi cintura hasta los tobillos, la dejar el baño tras de mí, quedaron mis pies como pegados al parket. Cerré los ojos colmando mi interior de aromas en un tiempo de niñez. Respiré hondo, guardé en mi iris la presencia de su hermosura y en mi olfato la esencia de un prometedor almuerzo.


Ella, desnuda sobre la cama de espalda a mi vista, lucía su encanto sin la necesidad de la luz natural del día. Entre sus manos removía unos papeles. Sobre sus pantorrillas, sentada al modo indio, descansaba una carpeta azul. Al aproximarme a su lado, giró la cabeza, sonriendo, guardó los papeles, descruzó sus piernas y, como si hubiera calculado el tiempo, el pitido del microondas delató ese olor que avivaba mi olfato.
-No te molesta ¿verdad? – Fueron sus palabras refiriéndose a su desnudez.
Sonreí. -¿Cómo me va a molestar la presencia de una Gioconda sonriente tan preciosa y maja goyesca?
-Antes de marchar lavé las bragas de estos días y ahí están, como banderas al viento, desaguando su limpieza. Tengo unas braguitas en la bolsa, pero ya sabes, si no es por necesidad en complemento de algún vestido de noche, me molestan horrores esa especie de tirachinas como braga hundiéndose su cinta trasera en la hendidura del culo.
Calladamente le di la razón en cuanto a la incomodidad. No obstante, me callé el hecho que muchas jóvenes y no tan jóvenes, alegraban el día a los hombres, según sus posturas, descubriéndonos ese guiño en el inicio donde la espalda pierde su nombre.
Degustando un té mentolado con tostada sin mantequilla y dulce de frambuesa sobre la misma, seguía recordando mis gustos, (ella se tomó un café, en esa taza pintada por Dana Chabino, aunque ella ignorara quien es Chabino, y sus cereales) me contó la ruptura amorosa con su ex, un calvario su convivencia que no había contado a nadie y el nuevo amor que conoció dos años después de esa ruptura.
Sigo teniendo mis miedos, me dijo, pero él, mi nuevo amor, fotógrafo de profesión, me ayuda a perder ese miedo y mostrar mi cuerpo desnudo. El pasado mes de Septiembre, como terapia a esos miedos y sentirme libre, querer más mi cuerpo y sentirme segura, me llevó a la isla de Formentera, perdiéndose por la zona de S’Estufador. La Nikón hizo de testigo y la digital de borrar y seguir hasta conseguir la sonrisa sin vergüenzas. Desde que me separé de mi ex, maltratador y dominante, sufro al quedarme desnuda delante del hombre. Mi actual pareja me está ayudando a autoquererme y tú, tú eres la prueba que necesitaba, lo sabes ¿verdad? Te quiero.

Su historia, su vivencia; escalofriante. Me gustaría haberla grabado, para no perder el tono con que me la contó y, sobretodo, para no escribir una palabra o un goce mal interpretado de sus labios.

Nos amamos. Nos queríamos. Me sentía feliz con él y él conmigo. La relación no sufría ninguna grieta y sexualmente eran más que satisfactorias. Él me enseñó a amar. Sï; experimenté muy joven el placer sexual con esa persona mayor que yo, quizá ahí radicó el empeoramiento, la destrucción de nuestro amor como castillo de naipes. Me forzó a mantener relación sexualmente de una manera animal, más que follarme, llegó un momento que parecía querer destrozarme, romperme. En su posesión hacía mi, ya no había amor, me dejaba hacer por miedo y, sobretodo, el estar fuera de mi país, sin conocer exactamente las leyes de su país si huía de él.
Yo le amaba, seguía queriéndole. Seguía sintiendo placer cuando me abrazaba y me follaba haciéndome participe de su orgasmo y mi orgasmo. Veía que poco a poco se iba deteriorando, el miedo seguía atándome a él. Sus exigencias sexuales cambiaron.
Me dejaba acometer por el culo. Dejaba que experimentara con objetos, algunos momentos sentía placer, sin confesárselo, y esto, me desconcertaba, me confundía. Su excitación sexual se prolongaba más allá de nuestro coito. Más allá de nuestras caricias sensuales con el fin de llegar a la excitación apasionada de dos cuerpos desnudos. Al principio lo tomé como un juego más sexual, su parafilia (para el amor) me asustaba y al mismo tiempo, dentro de mí experimentaba una atracción orgiástica…..

Ella, se levantó de la silla, su sexo, centelleante trigal que me regalaba la luz de la mañana, quedó a la altura de mi boca, su sabor se confundía con el olor de té mentolado en mis labios.

Se acercó al sofá, se aposentó en ese ángulo apoyada en el respaldo del cojín, descansó su pierna izquierda sobre la derecha, en ese momento me vino a la mente el cuadro del alemán Kichner, Marcella, que, junto con su hermana Franzi, fueron incansables musas del impresionismo alemán, el grupo llamado Die Brucke. La voz de Ella, iniciando de nuevo aquellos puntos suspensivos, borró mi pensamiento del pintor, regalando a mis ojos la postura de Ella y su voz.

…….esos juegos entre él y yo, un coito diferente, iba acompañado con un final feliz envuelto en repetidos orgasmos.

(La escuchaba embelesado, sin interrumpir su alivio)

Habíamos hablado en repetidas veces, me había comentado que tal si practicamos un trío. Sonriendo, en ese estado de felicidad, le dije que podríamos experimentar, se lo dije como una utopía sin tener en cuenta ni pensar que se lo tomaría al pie de la letra.
Aquella misma tarde, viernes, me dijo que tenía un regalo para mí, para los dos. Exactamente dijo pronunció esas palabras “para los dos”. Con mimos y carantoñas le sonsaqué la declaración del regalo.
Un trío, me dijo. Esta noche follaremos a tres bandas. Mis ojos se abrieron de par en par, asustada, sorprendida. Me calmó de caricias, confesando que era eso lo que un día propusimos, Propuso, pensé. Me mente comenzó a dispararse, me acicalé, me lavé y en todos esos minutos y horas hasta la espera del tercer personaje por descubrir, imaginé como sería ella, la tercera persona.
El reloj marcaba las 22h. El din don dan del timbre, sobresaltó mi tranquilidad, mi corazón era el tic tac del reloj. Él, abrió la puerta, varias voces llegaban hasta la habitación donde me encontraba. No distinguí ninguna voz femenina.
Al oír mi nombre, salí de la habitación. Allí, delante de mis ojos, estaban ellos.
Dos hombres y yo, este sería el trío, pronunció Él. La nuez de mi cuello, subía y bajaba. Mis palabras quedaron ahogadas, mis ojos sin créditos. Él, mi pareja, descansó su mano en mi cintura llevándome a la habitación y diciendo unas frases y palabras que oía sin oír, sin comprender. Tan sólo se me quedó que ellos dos formarían el trío conmigo y Él, mi pareja, sentado en el sillón observaría la copulación o unión sexual de los dos individuos conmigo.
Me cogieron con fuerza, sin brutalidad. No pude reaccionar en nada, estaba asustada, estática, muda, fuera de mí. Pensando si todavía estaba en mi sueño o se trataba de una broma muy pesada.
Noté mis pechos acariciados por manos extrañas, finas, pero desconocidas, este striper o gigoló (confesión posterior de Él, mi ex pareja. Les pagó para ello) endureció mis pechos, sus manos sujetaban mis brazos, su lengua recorría mis pechos, lavando mis poros, succionando mis pezones.
Mi ex pareja, desnudo frente a mi, aposentado en un sillón, sonreía acariciándose su pene, disfrutando sexualmente de la inspección que esos dos desconocidos ejercían sobre mi cuerpo. Noté como unas manos separaban mis piernas y subían despacio por mis muslos interiores. Unos dedos jugaban rizando aún más mi vello. Mi coño no estaba seco, pero tampoco húmedo de placer, sentí como un líquido resbalaba por mi nalga interior, notando como mis labios se mojaban de ese líquido, a todas luces un aceite estimulante como para que sus dedos entraran en mi coño sin brutalidad. Me rendí, exhausta o derrotada, dejé de luchar contra esos dos impedimentos. Lloraba por dentro….

(No quise interrumpir su relato. Notaba estrellitas vidriosas en sus ojos y un claro desenlace que creí conveniente finalizara con el punto final de su voz).

Miré a mi ex, ojos desorbitados, semicerrados y su mano masturbándose. Su espalda reposada en el respaldo del sillón, sus piernas separadas, estiradas y su mano derecha frenéticamente subiendo y bajando por su miembro.
Mi pareja de cama, los dos pagados, aflojaron su fuerza sobre mi, ahora disimulaban que me follaban para que mi ex acabara su paja. El grito liberado de su boca, acompañó la liberación de un semen en saltos sobre su mano, su polla y la alfombra a sus pies. Su vientre, excitado, sus ojos cerrados, su mano encerrando su polla, me produjo en un corto espacio de tiempo, segundos, una excitación de la que nunca supuse que tendría. Todo ello una confusión en mí.
Los dos gigolós abandonaron la cama, se ducharon y en unos minutos desaparecieron de casa.
Me acurruqué desnuda en la cama, tiritando, asustada, llorando o pensando del porque. Del porque esta parafilia de mi ex. Sentía el agua de la ducha sobre su cuerpo. Sentí su cuerpo lavado en mi cuerpo. Me abrazó. No supe reaccionar, muda, como prisionera de una situación desconocida. Me separé de Él, sin fuerzas, desnuda, me arropé dentro de la cama hasta dormir mi pesadilla. En la madrugada, sobresaltada, llegaron esos miedos y gritos que anoche pudiste oír. Esos fantasmas se van disipando poco a poco, tú, me has ayudado mucho.
Cuando estaba a solas con mi ex, disfrutaba sexualmente, disfrutábamos con lascivia, pasión de nuestros cuerpos. Esas escenas de regalo en trío, más tarde supe que todo era pre acordado y que no eran gigolós, sino amigos de Él, de mi ex pareja. Esas escenas de trío, digo, se sucedieron con amenazas y se sucedieron a peor.
Tú estabas en el extranjero, corresponsal de guerra y ese día, tantos días confesándote esas experiencias sin oírme por tu trabajo de corresponsal, me armé de valor y se lo conté a mi actual pareja, el fotógrafo de quien te hablé.
Él mi actual pareja, me está ayudando mucho, pero quería sentir tu ausencia. Quería contártelo a ti, para que con tu pluma o no, ayudes a otras mujeres y a mi misma. Te quiero mucho, lo sabes. Te quiero tanto que debías de saberlo por mis labios.

Me levanté, resbalando al suelo la especie de chilaba que cubría mi cuerpo. Me abracé a Ella. Ella, más que abrazarme, clavó sus manos en mis hombros, notando como sus pequeños y generosos pechos, se confundía en mi pecho. Recogí su cara con mis manos, sequé sus lágrimas con mi boca, acaricié su lengua con mi lengua, lentamente, intencionadamente. Lasciviamente. Sus manos acariciaban mis nalgas y mi pene no tardó en lucir su erección más exquisita con la frescura y suave tacto de su piel.


Nos abrazamos fuertemente. Sus lágrimas de felicidad en el abrazo, resbalaban por detrás de mi hombro. Le susurré que debía asearse, vestirse, ya que el avión que la llevaría a su nueva residencia alzaría el vuelo a las 13h 15. Mientras preparaba su bolsa, me vestí lo más cómodamente para llevarla al aeropuerto, 36 kilómetros, para decirnos hasta pronto.
La cama sin hacer, el rayo de luz filtrándose por la ventana, daban a su silueta la sombra de dos cuerpos desnudos, exhaustos en el primer polvo de la mañana. Una imagen que, quizás, ella descubrió al volver su cabeza y enfocar sus ojos claros en mi mente. Pero no, pensé, me mira porque desea que participe en ese mudamiento de su cuerpo, es decir, el vestimiento íntimo de su desnudamiento.

Al salir del garaje, a unos 100metros, que es la separación de mi cabaña con la casa vecinal, bajo el porche, se hallaba Susan, mi vecina. Hice sonar el claxon como saludo en la mañana, un saludo con su mano en el aire, descubrió el libro que estaba leyendo en esos momentos, Invisible, de Paul Auster.
Sonreí silenciosamente. Mi vecina se hacía visible e invisible, según las horas de nuestros días.
Despedí a Astrid, este es el nombre de mi amiga/amada, con el beso y abrazo interminable. Con el deseo de vernos pronto y que, como ella mismo sabe, puede contar conmigo. Como dijo el poeta, no una ni dos, sino contar conmigo.

No me apetecía quedarme a comer por las marismas del Prat de Llobregat, la distancia a mi cabaña, no era mucha, así que decidí comer en Collbató, asear la cabaña y cerrar la misma hasta que la niebla borrara de mi mente los días transcurridos felizmente con Astrid.
Me sorprendió. Me sorprendió ver a Susan retroceder sus pasos en mi dirección. En su mano llevaba un sobre grande de color chocolate, las iniciales de la empresa, UPS, no llevaba a duda alguna que se trataba de correspondencia. Ella, Susan, recogía mi correspondencia, es decir, toda la documentación a mi nombre figuraba su dirección por aquello de ser residente habitual en la casa vecina.
Me entregó el sobre, sin remitente. Lo ojeé otra vez por averiguar si reconocía la letra, pero no.
Susan dejó oír su voz: “He preparado conejo en salsa de paté con aroma de tomillo, siendo la hora que es, 15h40, si te apetece quedas invitado.
La miré, la sonreí. Una sonrisa de afirmación. Mientras Susan encaminaba sus pasos a su casa, dejé el envío sobre la cama y las llaves del coche en la mesita de la habitación. En la corta distancia, Susan, de espalda, se asemejaba a cualquier joven de treinta y pocos años. Es una mujer adulta, madura, entrada en años, pero bellamente hermosa, no una belleza despampanante, sino una belleza como persona. Una persona culta, lista, conversadora y muy atractiva. Tendría unos cincuenta y tantos años, pero que más da esos tantos años si la juventud la llevas dentro de ti.
Ummmmmmmm, una comida exquisita, sin abuso de aceites ni potingues, te felicito Susan, no sólo me sorprende tu estado ermitaño, feliz, sino que me sorprende tus artes culinarias tan desconocidas en mí.
Me acomodé en el sofá mientras se calentaba el té. Hablamos del libro que estaba leyendo, coincidiendo en que su autor, Auster, nos sorprende con cada nuevo libro, nos sorprende con la fuerza narrativa e imaginación en desarrollar historias y darles el rumbo a la par de su mano con su cerebro.
Cruzó sus piernas, disparando una frase que la sonrisa de sus ojos no ocultaba, una frase con intención.- “Te gustó de verdad el conejo”. Antes de finalizar la palabra conejo, desdobló de nuevo sus piernas con instinto básico, descubriendo sin timidez ni rubor una entrepierna que dejó en suspensión por segundos ese nido desprovisto de bragas.
La miré a los ojos, Susan me estaba mirando con deseo, con el mismo arrebato con que mis ojos enfocaban sus ojos. Poco a poco, notaba como se iba cerrando el espacio entre nuestros rostros, percibiendo el agua de sus labios en mi boca.
Nuestras lenguas se alborotaban en el interior del nuestras bocas, descubriendo el hilo hacía el laberinto de Ariadna. Noté sus manos deshaciendo mi camisa del cuerpo y su lengua jugando en mis tetillas. La falda de estar por casa cayó sobre el suelo, mis manos alzaban y liberaban esa camisola de su cuerpo por encima de la cabeza. Percibiendo mis manos un caliente bienestar al acariciar sus pechos. Besé sus pezones, botones de ancla duros y fuertes en la hora de la tarde. Deslicé mis manos por sus costados, dejando la yema de mis manos en u piel al tiempo que mi cabeza bajaba a su regazo marcando un reguero de placer que mi lengua dejó en su ombligo. Arrodillado frente a ella, mis manos separaron aún más sus muslos, dejando al descubierto un trigal como sus cabellos, dorados de aire y sol. Una piel blanca configuraba el placer erótico y sensual con mi bronceada piel. Hundí mi cabeza entre sus muslos, unos muslos generosos, escurridizos a mis dedos. Sus manos guiaban mi cabeza, estirando con delicadeza mis cabellos al tiempo que su boca liberaba un susurro permanente de deleite gozo.

Mi órgano movil de la lengua, tras unas breves caricias de mis dedos sobre el contorno de su sexo, comenzó a acariciar como una dócil excavadora la grieta dorada sonrosada y dorada. A cada lengüetazo que arrullaba mi lengua, notaba como sus labios se abrían aguando su herida, mojando mi boca. Abrí los ojos para contemplar en dos segundos el dibujo de sus abiertos labios en forma de mariposa, abierta su vagina abanicando con mi lengua el glande de su clítoris y su capuchón clitorial. Mis dedos, en su parte trasera de la vagina, en la zona conocida como cul de sac, provocando sensaciones orgásmicas levantando sus músculos, acariciando sensorialmente los ligamentos que rodean el útero al excitarla sexualmente con mi lengua y dedos. Sus manos sujetaban fuertemente mi cabeza, quizás con el miedo que abandonara ese placer que sentía. Sin dejar de masturbarle esa zona trasera posterior de su vagina, mi lengua seguía hundiéndose en el interior de su vagina, confundiéndose sus jugos con mi saliva. Retiré, retrocedí, como si fuera mi pene, la lengua de su botón clitorial, no quería que se corriera todavía, aunque sus gemidos y espasmos anunciaban el desenlace deseado. Con mi lengua, estimulé ese músculo púbico que se encuentra rodeando la abertura de la vagina y, tal como ya estaba excitadísima, mojada, su gemido fue más que un desembarco orquestal un desembarco de orgasmos en el momento que volví a hundir mi lengua tecleando su botón clitorial. Su líquido se escapaba entre sus labios y sus muslos siguiendo el sendero de agua que había dejado mi lengua en su entrepierna. Noté la flojedad de sus manos en mi cabeza, retiré mi cabeza encerrada en sus piernas, la miré. Sus cerrados ojos, su respiración agitada, se confundían con el galope de sus pechos, unos pechos despiertos, excitados en esa pasión voluptuosa de pasión entre dos amantes clandestinos.
Se dejó caer a lo largo del sofá, seguía con los ojos cerrados. Besé despacio su cuerpo, sus labios, su boca.
Abrazados, nos quedamos adormecidos. No recuerdo, ni Susan tampoco, como ni cuando, al despertarnos, nos encontramos desnudos y abrazados sobre la cama.
Sus brazos abrazaron mi cuerpo, me besó. La besé.

Recogí mis ropas desperdigadas por la sala, cerré sigilosamente la puerta. Mis pasos siguieron la senda escondida entre el cañaveral que me acercaba a la cabaña. El rumor del río portaba una pasión secreta más allá de su desembocadura.

Me desvestí de nuevo, descontando las veces que lo había hecho en el día de hoy, sonreí ante la ocurrencia. Desnudo, me dejé caer en la cama, rebotando en mi vientre el sobre que me entregó Susan. Abrí la pestaña del mismo, unos folios y unos dibujos, se precipitaron de su interior cubriendo me sexo dormido.
Reconocí esos bocetos y la letra de los folios. Iban acompañados por una pequeña nota escrita por Ella, por Astrid.

“Seguro que tú, amado amigo, sabrás componer con tus letras, la musicalidad de estos bocetos. Te quiero”.

Los dibujos estaban realizados por Astrid y venían a esclarecer sus miedos. Cada uno de esos bocetos representaba escenas escabrosas de su ex con Ella. Pero esto, estos dibujos, cualquier día verán la luz con letras o sin ellas, esto será o serán, otras historias desde la cabaña.

sábado, 6 de febrero de 2010

SOÑARTE EN LA CABAÑA

…Mi mano se dejó guiar por la incipiente faz de luz, siguiendo esas motas en ondas de polvillo suspendidas en el aire, descansándola en esa línea abierta que formaba su grupa trasera, jugueteando mi dedo sobre su negro valle. La yema de mis dedos resbala por su fina epidermis, abriendo aún más esa grieta dibujada en la oscuridad, como abrigo de suave terciopelo sin un ápice de piel de gallina.
Su cabeza descansaba sobre mi pecho, sintiendo un suave hálito que huía de sus fosas nasales como un bálsamo de brisa nocturna en mi pel desnuda.


No se si el viaje, desde su Puerta de Alcalá, o el viaje que emprendidos sin sueño, agotó el recurso y el curso de su cuerpo y sus palabras, balbuceaba palabras imprecisas, inacabadas, como si hubiera comenzado una frase para Ella y, en algún momento determinado, dejaba clarear una de las palabras de esas frases soñolientas de su boca. Antes de cerrar sus hojas, la oí mascullar: “…aña, es bonito, ..go sueños m….adables…”

Tentado estuve de girar su cuerpo, despertar su profundo ensueño para interrogarla sobre la conexión de esas palabras. Su respiración fue crescendo. Acomodé, sin mover mi cuerpo, en breve movimiento, mi cabeza sobre la almohada, mi mano izquierda en su culo y mis dedos perdidos en ese valle que separa sus nalgas. Mi mano derecha se acomodó, cruzando su torso, en su hombro derecho. La luz de la Luna se iba deslizando del ventanal, lentamente, como la lentitud de mi mano en su culo vencida por el cansancio.
Me dormí con el arrullo de esas palabras musitadas por Ella. Mañana, en la claridad del día, despertarán esas palabras en su contexto, pensé.

Un grito escalofriante, seguido de otros gritos estremecedores, espantosos, despertó la profundidad de mi sueño.

¡¡No No No¡¡ ¡No No No¡¡ ¡Déjame no no ; no me toques¡¡ ¡No no no¡¡

A estas palabras le seguían sus gritos. El tercer “No; alteró y perturbó mi sueño. Con un automático acto, encendí la luz. Los números digitales del despertador, las 4h 12’, se clavaron en mis ojos.
A mi lado, Ella, temblando, se aferró a mi cuello. Sus ojos desencajados. Su respiración acelerada. Hablaba, pero ninguna palabra audible en la claridad en la noche. La abracé. La estreché a mi cuerpo. Mis manos en su cabeza. Estaba bañada en agua. Sus gotas no eran de sudor, sino de angustia, desasosiego. Un estado de ansiedad, una inquietud de ánimo.

Abrazada a Ella, dejé que transcurrieran los minutos, que desbravara sobre mi cuerpo su sueño. Estaba literalmente mojado, no de sus lagrimas, sino de la consecuencia de ese sueño. Las sábanas dibujaban la formación de una laguna, agua sobre agua. Esperé unos minutos más, hasta demorar su aceleración. Cuando me miró a los ojos, vidriosos, estrellados en mil llantos, la susurré al oído que no me contara nada, que descansara esa fatiga y ansiedad pasada.
Me dijo que sí a la pregunta. La acompañé hasta el baño, la desnudé. En realidad tan sólo le desprendí de su cuerpo unas braguitas en que horas antes jugaba con ellas como si se tratara de un tirachinas por su forma reducida, sobresaliendo la base donde alojaba su precioso vello y guardaba la joya de sus labios. Una de mis camisetas le sirvió para dejar sus pechos abiertos a la noche.

Llené la bañera de agua caliente, se dejó recoger como un bebé, reclinándola en su interior. La enjaboné, sonreía, Buen síntoma, pensé. La sonreí. Acogió mi sonrisa, cogió mi mano, apretándola. Buen síntoma, pensé.
No tengas prisa -le dije- más tarde, cuando se enfríe el agua, una vez que tu cuerpo haya recogido su temperatura, me tienes que ayudar a descifrar unas palabras ¿de acuerdo?. Sabía que con esa frase, provocaría una sonrisa en sus labios. Le encantaba crear crucigramas, pasatiempos y descubrir las siete diferencias de una viñeta al uso. De hecho, su trabajo en la editorial, consistía en eso, en colaborar en la creación de pasatiempos para revistas dominicales.
No sospechó, que, ahora, dentro de unos minutos, tendría que descifrar sus propias palabras soñolientas, las que se llevó en su sueño.

Deshice la cama, por suerte, la lluvia de sus ojos y el sudor que provocó esa alucinación, más que una pesadilla, no traspasó más allá de la tela que cubría el colchón.
El trajín de la madrugada i la calefacción mesurada, ayudó a dejar caer mi cuerpo sobre la cama. La pereza de caminar unos pasos hasta el armario para recoger un pijama fresco, facilitó el cuadro frente a mí. El espejo del mismo armario devolvió mi imagen algo tensa, desvelado. Apoyé mi espalda en el respaldo del cabezal, la almohada, a modo de sofá, acogía mi torso desnudo. La hora digital, 4h 52, destellaba su luz revelando mi slip del color de la noche.

Tal como una premonición, Ella, apareció en el momento que los números digitales cambiaron al 5h 00.- Como esos números de la derecha, frente a tus ojos según lees, se dejó ver desnuda. La luz del baño, adelantó su sombra cubriendo mi vientre, como un negativo fotográfico, su desnudez invitaba a descubrir cada uno de sus secretos. Apagó la luz del baño. Los números digitales en verde, indicaron la senda a seguir hasta la cama.
Se sentó a mi lado, cubriéndose con la sábana hasta la marca del ombligo. Noté su nalga izquierda, húmeda, según miras de espalda al espejo, acomodándose como una caricia en mi pantorrilla derecha.
Deshice mis brazos en arco detrás de mi nuca y le dije: y bien, que ocurrió musa mía, cuéntame. Sabía de sus crisis repentinas, provocadas por terceros. Sabía que llegó a mi encuentro para descansar.

En cuanto al murmullo de esas palabras con puntos suspensivos desprendidas de su boca dormida: “…aña, es bonito, ..go sueños m….adables…” La respuesta era, es, bien simple, me dijo. Recogió un folio de la mesita y un lápiz. Escribió esas palabras a las que le di revueltas antes de dormirme y despertarme y, bajo esa frase, las palabras sin lesiones: “Soñarme en la cabaña, es bonito. Yo tengo sueños más desagradables.”
Me explicó el sueño que despertó la madrugada. Volvió a recoger el lápiz, pasó el folio, frente al nuevo folio en blanco, dibujó la preocupación de su sueño y unas letras como pregunta a mis ojos: “¿Podrías ayudarme a descifrar o entender mi sueño con el dibujo?”
En el sueño, al igual que el dibujo frente a mis ojos, se observaba la mujer semidesnuda de cintura para arriba, los senos descubiertos, los ojos semicerrados, como dejando llevar. No se apreciaba fuerza bruta por ambas partes o, por las tres personas, dos hombres y la mujer. La mirada de los hombres, sus ojos, parecía de asombro ante la belleza de ella. Ella, como vencida, se dejaba llevar.
Ella, mi musa, después de mirarla a los ojos y presto a darle mi modesta opinión sobre el cuadro dibujado, me anticipó que este sueño dibujado, era de lo menos dañino. Al parecer, el desvelo y sosiego de Ella, era la brutalidad de otros sueños y de este mismo dibujado. Esos sueños le presentaban cansancio, miedo y pérdida de fuerza física a la vez que, (sorprendiéndome yo mismo) acercándose el final del sueño, placer.
Al finalizar su relato, la miré. La abracé, la besé, sintiendo la flor de sus pezones en mi cuerpo.
No me atreví a darle un diagnostico, por decirlo de alguna manera. Debería conocer más, en profundidad o no, otros de sus sueños, esos que Ella misma, más tenebrosos y desagradables. Con todo mi desconocimiento, conociendo sus trances, sus dificultades personales con su familia, padres, y la desilusión y fracaso amoroso; conociéndola lo poco que se aprecia y estima a si misma, digo, me atreví a diagnosticar el dibujo y, así, tranquilizarla.
Le comenté que, ese maltrato que recibe en el sueño, puede interpretarse como que se siente defraudada por la vida. Soñar que se experimenta con fuerza, es sinónimo de felicidad (aquí, al decir esto, yo mismo dudé. Pues Ella se encontraba a mi lado por otra desilusión en su vida amorosa).Ser objeto del amor de otra persona, sin corresponderle, advierte traición y codicia desmesuradas.
En el sueño se presenta semidesnuda. Esto no quiere decir expresamente un sueño o acto sexual, por lo general. Puede significar temor, que alguien averigüe algo que esconde. Si ese sueño, el dibujado, desnuda, le produce repulsión u odio, quiere decir que le preocupa averiguar la verdad sobre esa persona que ve o sobre una situación que no controla. El placer que siente al final, puede ser debido a reconocer a esa persona como compañero del momento.
No se, le dije, tendríamos que llamar al amigo Sigmund Freíd y que nos ayudara a descubrir el porque de esos sueño. Eso sí, deberías ayudarme más, abrirte más, en esos sueños, explayarte, conocerte mejor en esa oscuridad que envuelve tus sueño. No me prometió que sí, que así lo haría, pero su sonrisa, su mirada y su abrazo, fue la respuesta callada.

La luz boreal, se filtraba a través del ventanal, donde todo era campiña. La luz descubrió nuestra desnudez, su desnudez, ya que mi slip recordaba el negror de la noche. Esa similitud de pensamiento, originó una carcajada sonora en ambos. Noté como su fino y largo dedo, descubría mi sexo dormido bajo el slip. Tras un saltito de inesperada atleta, colocó sus rodillas sobre la cama, los dedos de sus manos, deslizaron el calzoncillo hasta mis pies. Sus dedos despertaron mi pene al alba.
Me llené de su olor fresco, conservado de la ducha. Su sabor era mi olor, mi olor su sabor. De rodillas frente a mí, inclinada sobre mi vientre, acarició mi pene con sus dedos, erguido, erecto, duro. Mis manos manoseaban sus nalgas, mi dedo índice, como lápiz en papel, moldeaba alrededor de su raja trasera, bajando por detrás hasta machetear felizmente su vello mojado.

Mi polla, vertical como el asta sin bandera, notó el frescor de sus labios y como su boca deglutía el manjar friccionando arriba y abajo como si se tratara de un caramelo marfileño.
Mi polla notaba la suavidad de su lengua, el cosquilleo de su llengua; a mi dedo índice le acompañó el dedo corazón acariciando sus labios, deslizándose en el interior de su vagina. El ritmo de mis dedos en su coño, encharcado su oasis, aceleró el dulce en su boca explosionando un río de semen por su pecho. Mis dedos siguieron la queja deseada de sus labios, cerrando sus paredes al tiempo que sus piernas aprisionaron mis dedos en su interior, desfondándose y cayendo su cuerpo desnudo sobre mi vientre. Al primer orgasmo, le siguió la electricidad convulsiva en repetidos temblores orgásmicos.

Después de varios minutos, el espejo reflejó nuestra felicidad en el rostro. Nos levantamos, dirigiéndonos al baño, la ducha fue compartida. Risas y más sonrisas para comenzar un día olvidando la negra noche.

domingo, 24 de enero de 2010

LA HISTORIA DE UN SECRETO

Bajo las luces del cielo estrellado, resplandeciente el delirio guardado, sentado sobre la cama, abriendo el compás de mis piernas abrazadas en el principio de esa brillante raya abierta, ahí, donde la espalda pierde su nombre, notaba la humedad de su vergel acariciando mi pene. Ella; extendió sus brazos hasta mis hombros, abalanzando su cuerpo sobre mi pecho. Sus pechos, libres, despiertos y duros, jugaban, en lentos movimientos, sobre mi cuerpo rozando mi piel, acallando mis suspiros.

Mis brazos fueron a reunirse bajo su espalda, mis manos se acoplaron a su culo, donde las yemas de mis dedos inventaban una nueva sinfonía sobre la elasticidad de su piel canela. Mi pene, como batuta de esa sinfonía, seguía el juego de sus pechos dando saltitos de placer en su bajo vientre. Noté una fuerza que desequilibraba mi cuerpo, sus manos forzaron mis hombros cayendo mi espalda sobre la cama. Antes de cerrar los ojos en placentera melodía, su dedo índice, como flecha en el arco de su boca, dibujaba un silencio en sus sobresalidos labios. Unos morritos de caramelo.

Se lo dije, le susurré al trasluz de su cuerpo bajo el cielo estrellado. Estás radiante, como naciente aurora boreal. Calla, me dijo; silencio, shssss ordenó su dedo en el dibujo de sus labios.
Ummm, noté el cosquilleo de su vientre sobre mi estomago. El flanco de sus ancas aposentándose abiertamente en mi grupa elevada, sintiendo como sus manos saboteaba dulcemente mi mástil erecto. Sus dedos liberaron mi pene, como amazona en la noche, jineta en el arte de montar, adopta la postura más cómoda para seguir la galopada excitante. Más que amazona, se transforma en Andrómaca, sentada sobre mí.
Los pies de Ella, estirados en horizontal, se apoyan atrapando la cabeza, la cabeza de su amante. Sus manos, libres, reanudan las caricias a su pene, acompañándolo suavemente en su vagina, un estanque dorado a la luz de las estrella. Cierro los ojos, mis manos, libres de ataduras, se turnan en el juego del tobogán, mientras la mano derecha se desliza desde el hombro izquierdo de Ella hasta la redondez de su culo, la mano izquierda sube por la ladera derecha, contorneando su cadera y
deteniéndose en esa manzana prohibida de su pecho, donde mis dedos retozan en ese botón despierto y duro de su pezón. Ascienden y descienden siguiendo la cadencia de Ella, una vez que acopló mi polla dentro de su coño.
Sentada sobre mí, ahogado mi pene en su interior, Ella, dominaba, como amazona Andrómaca, la cadencia del ritmo, suavemente comenzó unos movimientos como dibujando un ocho en el aire y que mi polla notaba esa circulación entre las húmedas paredes de sus carnosos labios. Mi pene dentro de Ella, sus pies estirados sobre mis hombros, mi placer iba en aumento y mis manos buscaban la base de sus espinillas como lianas para que no abandonara esa métrica placentera. Esa fusión iba increscendo en el orden y concierto de su partitura y desconcierto en cada susurro ininteligible de mi boca, Ella trotaba sobre mi, notando como sus dedos pellizcaban mis tetillas transformadas en granos de arroz. Sentía como mi pene, grueso, hinchado de sangre y placer, daba saltitos de gozo en su interior, notando el inicio de un deleite compartido. Ella bajó su cuerpo suspendiendo sus pezones a ras de pecho, lamiendo con su lengua mis labios. Nuestras bocas ya solo emitían palabras sin nombres. El chup chup de unos jugos, sus paredes labiales enjabonando mi verga, era el sonido de la fruición de disfrute en ese silencio espiado por la claridad de las estrellas. Aceleró el movimiento sin dejar espacio entre su vientre y mi vientre, sus manos apoyadas en mis caderas, para ayudarse en la subida y bajada de su culo sin liberar mi pene de su grieta. Mis manos se aferraron a sus nalgas, secundando rápidos movimientos, resbalando mis dedos por esa raja trasera hasta llegar por detrás a tocar sus abiertos labios, abriéndome camino en ese hermoso vergel mojado.
Mi polla, gorda, apunto de verter su lava, quedaba empinada y alborotada al sentir mi dedo dentro de su coño para embravecer el orgasmo de Ella. Un grito de mi amada, musa secreta, anunció, al tiempo que su cabeza descansó en mi pecho, el juego de mi dedo índice dentro de su vagina provocando el orgasmo ahogando palabras de gozo en mi pecho.
Segundos antes, un líquido viscoso y blanquecino, regaba sus paredes, su interior, liberando su lava por unos muslos que tiritaban de placer.

Ella permaneció unos minutos, como dormida, sobre mí, sus piernas hacia atrás y su cabeza sobre mi hombro izquierdo, Cuando despertó sin dormir, sus dientes mordisqueaban el pliegue de mi oreja izquierda.
Descabalgó su montura a media vuelta, quedando su cadera izquierda sobre mi cadera derecha. Nuestras manos prietas, nuestros cuerpos, sintiendo el tic tac retardado. Nuestros vientres, desfrenando sus espasmos estimulados.
Ella deshizo su quietud, montó sobre mí de nuevo, me mira y sonríe al ver mi cara, trota sobre mi cuerpo y descabalga de nuevo para colocarse en la misma postura anterior cogiendo mi mano izquierda, apretándola fuerte, como miedo a que huyera. Quería sentir el recorrido de mi sangre.

Me observaba. Puso su mano sobre su mejilla, un haz de luz, en línea recta, devolvía la exquisita redondez de sus hombros desnudos. Una suave piel torneada en la noche. Una risueña nariz contagiada por la sonrisa de sus ojos o por la felicidad de la obra ejecutada apenas unos minutos atrás, devolviéndome el espejo frente a mí, la desnudez de su espalda.
Apoyada la palma de su mano sobre la mejilla, su mirada fija, despertó mis ojos, deslizando mi mirada más allá de la volcánica cumbre de sus pechos adornados por la tranquila aureola de su mama. Resbalé mi mirada por la ladera de su cadera, a tientas, mi mano se dejó guiar por el incipiente faz de luz, siguiendo esas ondas de polvillo suspendidas en el aire, descansando en esa línea abierta que formaba su grupa trasera, jugueteando mi dedo en esa herida oscura. La yema de mis dedos rueda por su fina epidermis, abriendo aún más esa herida como abrigo de suave terciopelo sin un ápice de piel de gallina.

Le pregunto en que piensa. Que piensa esa mirada interrogante, fija y sonriente.

-Repaso tu cuerpo y me detengo en esas palabras ilegibles de pronunciado y prolongado placer que salieron de tus labios.- Me susurra. –Me hizo gracia que la fusión de mi nido florido sobre ti, aludieras y mencionaras el nombre de una mujer, Andrómaca.- Siguió diciendo.

-Andrómaca –dije- fue la esposa de Héctor y concubina de Neoptólemo, cuya mujer, Hermione, celosa por la belleza de Andrómaca, la acusaba de la esterilidad de su matrimonio a base de conjuros y hechizos. No le dio resultado, Andrómaca, ya le había dado un hijo a Neoptólemo y, en sus encuentros amorosos con el esposo de Hermione, se sentada a horcajadas sobre Neoptólemo.
Ella, sonreía todavía más con esta historia, extendió su brazo por debajo de mi nuca, posando sus labios en mi boca, navegando nuestras lenguas como el comienzo de una nueva batalla de Troya.

Pero esto, esta es otra historia…………..La historia de un secreto.

miércoles, 13 de enero de 2010

LA BELLEZA DE TU VELLO AGUADO

Una amistad que perduraba en el tiempo. Los días de largos silencios que transcurrían en ese tiempo sin saber de nuestras inquietudes o tranquilidad, no eran obstáculo para que nuestra amistad se retomara en el tiempo.
A primeros de Octubre, un mes donde fenecen tantas ilusiones de primaveras pasadas, la melodía de “Mona Lisa” despertó mi móvil. El número conocido que reflectaba la pequeña pantalla, daba entrada a mi voz para oír su voz. Una voz no perdida en el tiempo, pero sí, extraviada. Supongo que por haber encontrado la felicidad que deseaba. La propietaria de esa voz extraviada, ahogaba mis palabras con su quebrantada voz.
Habían transcurridos ocho meses desde nuestra última despedida. Ella, siempre podría contar conmigo y yo con Ella, como nos dijimos antes del verano telefónicamente. Le urgía hablar conmigo, no era una urgencia; sí, una necesidad.
A estas alturas de nuestra amistad, una amistad encontrada en nuestro primer año universitario, y ya han pasado 14 años de esa efeméride, adiviné por su tono de voz que necesitaba desahogar ese nudo de palabras en su cuello. Ese desasosiego que crecía en su interior. Esa mala experiencia, una más, entregada al hombre de su último sueño.
Nos citamos un 5 de octubre, lunes, en el lugar que nunca borrará nuestra memoria. Un paraje tranquilo, donde se podía oír el silencio y el silencio ocupaba la estancia, una vieja casa heredada por mis padres entre El Bruc y Collbató, en la falda de la montaña de Montserrat.
Me adelanté unos días, pasando el fin de semana en la casa, proviniendo de avituallamiento la nevera e insuflar aire fresco en la desabitada casa.
Miré el reloj, 13h 24’, primero fue su sombra la que cubría el viejo sendero; sus pasos pronto dejaron ver su esbelta figura a través del ventanal. Una figura rítmica, como toda ella. Roser, así se llama Ella, caminaba a saltitos, quizás dando cuenta sus bambas de alguna piedra mal puesta en su camino. En fundada en unos jeans azul claro como el día, una fina sudadera a rayas donde, a la altura de su estomago, refugiaba sus manos. Sobre su estilizada espalda, una pequeña mochila escondía, seguramente, el último libro de lectura; un paquete de Camel; enseres de lavabo y algunas braguitas para esos cuatro días que pasaríamos en la cabaña.
A unos quince metros antes de llegar a los tres peldaños que llevaban al porche de la casa, vislumbró mi figura detrás del cristal. Desenfundó sus manos escondidas en la sudadera otoñal y sus brazos, como aspas al viento, acompañaban la aceleración de sus piernas al encuentro. Al abrir la puerta sus manos se colgaron de mi cuello y sus piernas, sin tocar el suelo del porche, nadaban al aire mientras mis manos recogían su cintura, sintiendo la fresca brisa de sus mejillas aliviando el ansía del día.
Sus ojos, lluviosos de alegría, una vez calmada la ausencia de meses, se presentaban compungidos, como entristecidos por algo o alguien. Recogí su mano izquierda con mi mano derecha alzándola de la silla, al tiempo, haciéndola girar en circunferencia. Estás estupenda, preciosa, ligera como las hojas pintadas de oro que alfombran el viejo sendero a la casa. Cambié la posición de mi mano y en un gesto rápido, mis brazos atrajeron su cuerpo hacía mi cuerpo, notando sus pechos, libres de ropa, como queriendo escapar de esa suave sudadera otoñal.
No sonaba ninguna música, ni tan siquiera el run run del televisor, sólo el silencio calmo de nuestros besos. Al ajardinar mi cara con sus besos de amistad, recogí su cara entre mis manos, mirándola a los ojos le repetí lo guapa y atractiva que estaba, cuanto menos a mis ojos siempre. Quería observar el hoyuelo que se le formaba en sus mejillas cuando le decía musa mía. Musa mía; le dije.
Sabes que siempre que nos encontramos, es por un fracaso de mis amores o desgracia personal. Estas fueron las únicas y últimas palabras tristes en esos cuatro días para olvidar otros días. Lo sabía, lo sabíamos. Nuestro amor, no era imposible, porque la posibilidad estaba, está, frente a nosotros aún en largos días de desierto en nuestros ojos. Nuestro amor era libre, como nosotros mismos. Roser, esto nunca lo entendió o no quiso entenderlo, porque ella amaba, al igual que yo, la libertad.
Hablamos y hablamos; cuando agotó sus primeras páginas habladas, quiso darse un baño. El water de aguas turbulentas quedaba fuera de la estancia, por detrás de la casa. El baño, la propia bañera, quedaba en el interior de la casa, en la misma estancia, en el fondo izquierdo del ventanal al igual que la pequeña cocina en el lado opuesto. Una breve escalera de caracol, daba paso a una acogedora habitación con ventanal sobre el mismo techo, donde el cielo estrellado encendía la noche y el alba dejaba al descubierto el rocío invernal, la desnudez de los árboles en otoño y un manto de amapolas entre el trigal dorado de la primavera. El verano, a pesar del agradable baño en las frías aguas del río que transcurría mas allá del campo, dejaba a la casa a solas con el canto de los grillos.

Al regresar del water, Roser llevaba entre sus manos el jean y la sencilla sudadera. Sus piernas no eran las piernas de una modelo, pero más de siete actrices desearían lucir sus largas y sensuales piernas. Sus caderas, la braguita que vestía su desnudez ponderaba su sensualidad, daban una armonía de música a ese cuerpo, sino delgada ni grueso, sí una hermosa circunferencia donde relucían sus dos razones formando un culo ansioso de mis manos como pomo de manzana. El vientre, donde se dibujaba un ombligo juguetón, subía a ritmo de bambú, bien definidas sus líneas maleables, o ¿es que su cuerpo al caminar dibujaba esas líneas eróticas?, anunciando el timbre de sus pezones a la caricia de mis manos sobre sus pechos desvestidos. Unos pechos como pequeñas dunas acopladas al viento de mis manos, despertando aureolas y rígidos pezones, duros de placer.
Recostada mi espalda en el sofá, frente a la bañera tipo parisina, una bañera con faldón de cobre macizo, aposentada en el suelo de madera, Roser jugaba con la espuma de jabón cubriendo y descubriendo sus pechos. Cariñosamente o, escandalosamente juguetona, alzaba su pierna desnuda hasta más allá de sus muslos, cubriendo su cabeza de agua, operación que repetía combinando una u otra pierna. Ese juego, de impúdica seducción por parte de ambos, era el prologo de vivo entusiasmo y deseo ávido de poseernos, de poseerla, de amarla y follar sin vergüenza como sin vergüenza se escribe la palabra y sin vergüenza desnudamos nuestros cuerpos de ropas y palabras, como sin vergüenza llega el deseo de follar.
Hasta ahora, había jugado con la sensualidad de su cuerpo, despertando mis deseos de pasión. Como mujer de buena memoria, escondía un deseo, el deseo que le rogué en nuestro último adiós meses atrás. Como mujer de memoria, mi interior esperaba que recordara ese deseo, un deseo que me envolvía y volvía loco; que nunca se rasurara su sexo.
Roser, no sé si consciente de ese deseo, se desprendió de su braguita regalando su culo a mis ojos. Una vez en el interior de la bañera, jugó con sus senos, su desierto vientre, sus piernas que conducían al nido genital entre los surcos de separación de los muslos, evitando expresamente o, eróticamente, la transparencia que el agua aclaraba y la espuma ocultaba.
Al salir de la bañera, frente a mí, mis ojos leyeron la picardía de sus ojos. Bajé la vista a su sexo, su coño, mojado, rezumaba chispeantes gotitas de agua que resbalaban por su frondoso vello. Mojada, de cuerpo entero, sus brazos lazaron mi espalda; dejó un susurro en mi oído: calate de tu deseo recordado. Sus dedos, como si conocieran el camino de siempre, desabrocharon la camisa que secundaba mi piel. Mis dedos peinaban el tenue vello de cuidada selva, donde la yema de mi dedo se abría paso hasta rozar la yema de sus labios excitados de placer. Mientras mis dedos jugueteaban encerrados en su vello, descubriendo y resiguiendo el contorno de su labios, la miré a los ojos y, antes de sellar mi lengua en su boca, le agradecí el recordado deseo, al tiempo que su boca se entreabría, como su sexo al contacto de mis dedos, musitando que si llegara el día en que se rasurara, perdería para siempre su amor en mí. Ese lucido, brillante y cuidado vello, escondería par siempre nuestra pasión lujuriosamente secreta.

Resbalé mis manos por sus caderas, arrodillándome y dejar mi cabeza a la altura de su coño, mojado de mis besos y del agua transparente, lamí y peiné su vello hasta oír el susurro de un hilo de voz inaudible, una voz que se transformaba en grito de gozo, deleite. Mi lengua, se hendió sin brusquedad en la herida abierta friccionando el botoncito de su clítoris aguando el contorno de su sexo y encendiendo su interior al tiempo que sus manos sujetaban mi cabeza atrapándola, con todas las fuerzas de que disponía, entre su despierto nido bellamente adornado por ese vello púbico que tanto me excita.
Sus muslos tiritaban de placer. Su jadeo descabalgaba su gozo, lamiendo mi lengua, como caricia, la agonía de un orgasmo sin final. Recogí su cuerpo entre mis brazos; sus ojos cerrados, se llevaron a la cama el delirio guardado. Las luces del cielo se habían estrellado, contemplando ese espectáculo, desnudos sobre la cama, mis dedos seguían peinando esa frondosa espesura, la maleza que cubría eróticamente su sexo.
Una maleza aguada, descubriendo la brisa de unos besos, la hermosa herida carnosa resguarda en su trigal.

miércoles, 6 de enero de 2010

EXTRAÑÉ TU AUSENCIA

Aquí
en mis noches
en mi soledad escogida
en mis horas tranquilas
rodeé tu efigie, tú estampa.

Luego
al unir mi mano con tu mano amiga
extrañé tu ausencia
la que dejó tu huella en mi sombra.

Ahora
espero en la luz
tu beso
el que tanto extraño
el que duerme en nuestros labios.

Cuando
tu luz se acerque a las tinieblas
prenderá mi sombra
apagada en la noche.