miércoles, 13 de enero de 2010

LA BELLEZA DE TU VELLO AGUADO

Una amistad que perduraba en el tiempo. Los días de largos silencios que transcurrían en ese tiempo sin saber de nuestras inquietudes o tranquilidad, no eran obstáculo para que nuestra amistad se retomara en el tiempo.
A primeros de Octubre, un mes donde fenecen tantas ilusiones de primaveras pasadas, la melodía de “Mona Lisa” despertó mi móvil. El número conocido que reflectaba la pequeña pantalla, daba entrada a mi voz para oír su voz. Una voz no perdida en el tiempo, pero sí, extraviada. Supongo que por haber encontrado la felicidad que deseaba. La propietaria de esa voz extraviada, ahogaba mis palabras con su quebrantada voz.
Habían transcurridos ocho meses desde nuestra última despedida. Ella, siempre podría contar conmigo y yo con Ella, como nos dijimos antes del verano telefónicamente. Le urgía hablar conmigo, no era una urgencia; sí, una necesidad.
A estas alturas de nuestra amistad, una amistad encontrada en nuestro primer año universitario, y ya han pasado 14 años de esa efeméride, adiviné por su tono de voz que necesitaba desahogar ese nudo de palabras en su cuello. Ese desasosiego que crecía en su interior. Esa mala experiencia, una más, entregada al hombre de su último sueño.
Nos citamos un 5 de octubre, lunes, en el lugar que nunca borrará nuestra memoria. Un paraje tranquilo, donde se podía oír el silencio y el silencio ocupaba la estancia, una vieja casa heredada por mis padres entre El Bruc y Collbató, en la falda de la montaña de Montserrat.
Me adelanté unos días, pasando el fin de semana en la casa, proviniendo de avituallamiento la nevera e insuflar aire fresco en la desabitada casa.
Miré el reloj, 13h 24’, primero fue su sombra la que cubría el viejo sendero; sus pasos pronto dejaron ver su esbelta figura a través del ventanal. Una figura rítmica, como toda ella. Roser, así se llama Ella, caminaba a saltitos, quizás dando cuenta sus bambas de alguna piedra mal puesta en su camino. En fundada en unos jeans azul claro como el día, una fina sudadera a rayas donde, a la altura de su estomago, refugiaba sus manos. Sobre su estilizada espalda, una pequeña mochila escondía, seguramente, el último libro de lectura; un paquete de Camel; enseres de lavabo y algunas braguitas para esos cuatro días que pasaríamos en la cabaña.
A unos quince metros antes de llegar a los tres peldaños que llevaban al porche de la casa, vislumbró mi figura detrás del cristal. Desenfundó sus manos escondidas en la sudadera otoñal y sus brazos, como aspas al viento, acompañaban la aceleración de sus piernas al encuentro. Al abrir la puerta sus manos se colgaron de mi cuello y sus piernas, sin tocar el suelo del porche, nadaban al aire mientras mis manos recogían su cintura, sintiendo la fresca brisa de sus mejillas aliviando el ansía del día.
Sus ojos, lluviosos de alegría, una vez calmada la ausencia de meses, se presentaban compungidos, como entristecidos por algo o alguien. Recogí su mano izquierda con mi mano derecha alzándola de la silla, al tiempo, haciéndola girar en circunferencia. Estás estupenda, preciosa, ligera como las hojas pintadas de oro que alfombran el viejo sendero a la casa. Cambié la posición de mi mano y en un gesto rápido, mis brazos atrajeron su cuerpo hacía mi cuerpo, notando sus pechos, libres de ropa, como queriendo escapar de esa suave sudadera otoñal.
No sonaba ninguna música, ni tan siquiera el run run del televisor, sólo el silencio calmo de nuestros besos. Al ajardinar mi cara con sus besos de amistad, recogí su cara entre mis manos, mirándola a los ojos le repetí lo guapa y atractiva que estaba, cuanto menos a mis ojos siempre. Quería observar el hoyuelo que se le formaba en sus mejillas cuando le decía musa mía. Musa mía; le dije.
Sabes que siempre que nos encontramos, es por un fracaso de mis amores o desgracia personal. Estas fueron las únicas y últimas palabras tristes en esos cuatro días para olvidar otros días. Lo sabía, lo sabíamos. Nuestro amor, no era imposible, porque la posibilidad estaba, está, frente a nosotros aún en largos días de desierto en nuestros ojos. Nuestro amor era libre, como nosotros mismos. Roser, esto nunca lo entendió o no quiso entenderlo, porque ella amaba, al igual que yo, la libertad.
Hablamos y hablamos; cuando agotó sus primeras páginas habladas, quiso darse un baño. El water de aguas turbulentas quedaba fuera de la estancia, por detrás de la casa. El baño, la propia bañera, quedaba en el interior de la casa, en la misma estancia, en el fondo izquierdo del ventanal al igual que la pequeña cocina en el lado opuesto. Una breve escalera de caracol, daba paso a una acogedora habitación con ventanal sobre el mismo techo, donde el cielo estrellado encendía la noche y el alba dejaba al descubierto el rocío invernal, la desnudez de los árboles en otoño y un manto de amapolas entre el trigal dorado de la primavera. El verano, a pesar del agradable baño en las frías aguas del río que transcurría mas allá del campo, dejaba a la casa a solas con el canto de los grillos.

Al regresar del water, Roser llevaba entre sus manos el jean y la sencilla sudadera. Sus piernas no eran las piernas de una modelo, pero más de siete actrices desearían lucir sus largas y sensuales piernas. Sus caderas, la braguita que vestía su desnudez ponderaba su sensualidad, daban una armonía de música a ese cuerpo, sino delgada ni grueso, sí una hermosa circunferencia donde relucían sus dos razones formando un culo ansioso de mis manos como pomo de manzana. El vientre, donde se dibujaba un ombligo juguetón, subía a ritmo de bambú, bien definidas sus líneas maleables, o ¿es que su cuerpo al caminar dibujaba esas líneas eróticas?, anunciando el timbre de sus pezones a la caricia de mis manos sobre sus pechos desvestidos. Unos pechos como pequeñas dunas acopladas al viento de mis manos, despertando aureolas y rígidos pezones, duros de placer.
Recostada mi espalda en el sofá, frente a la bañera tipo parisina, una bañera con faldón de cobre macizo, aposentada en el suelo de madera, Roser jugaba con la espuma de jabón cubriendo y descubriendo sus pechos. Cariñosamente o, escandalosamente juguetona, alzaba su pierna desnuda hasta más allá de sus muslos, cubriendo su cabeza de agua, operación que repetía combinando una u otra pierna. Ese juego, de impúdica seducción por parte de ambos, era el prologo de vivo entusiasmo y deseo ávido de poseernos, de poseerla, de amarla y follar sin vergüenza como sin vergüenza se escribe la palabra y sin vergüenza desnudamos nuestros cuerpos de ropas y palabras, como sin vergüenza llega el deseo de follar.
Hasta ahora, había jugado con la sensualidad de su cuerpo, despertando mis deseos de pasión. Como mujer de buena memoria, escondía un deseo, el deseo que le rogué en nuestro último adiós meses atrás. Como mujer de memoria, mi interior esperaba que recordara ese deseo, un deseo que me envolvía y volvía loco; que nunca se rasurara su sexo.
Roser, no sé si consciente de ese deseo, se desprendió de su braguita regalando su culo a mis ojos. Una vez en el interior de la bañera, jugó con sus senos, su desierto vientre, sus piernas que conducían al nido genital entre los surcos de separación de los muslos, evitando expresamente o, eróticamente, la transparencia que el agua aclaraba y la espuma ocultaba.
Al salir de la bañera, frente a mí, mis ojos leyeron la picardía de sus ojos. Bajé la vista a su sexo, su coño, mojado, rezumaba chispeantes gotitas de agua que resbalaban por su frondoso vello. Mojada, de cuerpo entero, sus brazos lazaron mi espalda; dejó un susurro en mi oído: calate de tu deseo recordado. Sus dedos, como si conocieran el camino de siempre, desabrocharon la camisa que secundaba mi piel. Mis dedos peinaban el tenue vello de cuidada selva, donde la yema de mi dedo se abría paso hasta rozar la yema de sus labios excitados de placer. Mientras mis dedos jugueteaban encerrados en su vello, descubriendo y resiguiendo el contorno de su labios, la miré a los ojos y, antes de sellar mi lengua en su boca, le agradecí el recordado deseo, al tiempo que su boca se entreabría, como su sexo al contacto de mis dedos, musitando que si llegara el día en que se rasurara, perdería para siempre su amor en mí. Ese lucido, brillante y cuidado vello, escondería par siempre nuestra pasión lujuriosamente secreta.

Resbalé mis manos por sus caderas, arrodillándome y dejar mi cabeza a la altura de su coño, mojado de mis besos y del agua transparente, lamí y peiné su vello hasta oír el susurro de un hilo de voz inaudible, una voz que se transformaba en grito de gozo, deleite. Mi lengua, se hendió sin brusquedad en la herida abierta friccionando el botoncito de su clítoris aguando el contorno de su sexo y encendiendo su interior al tiempo que sus manos sujetaban mi cabeza atrapándola, con todas las fuerzas de que disponía, entre su despierto nido bellamente adornado por ese vello púbico que tanto me excita.
Sus muslos tiritaban de placer. Su jadeo descabalgaba su gozo, lamiendo mi lengua, como caricia, la agonía de un orgasmo sin final. Recogí su cuerpo entre mis brazos; sus ojos cerrados, se llevaron a la cama el delirio guardado. Las luces del cielo se habían estrellado, contemplando ese espectáculo, desnudos sobre la cama, mis dedos seguían peinando esa frondosa espesura, la maleza que cubría eróticamente su sexo.
Una maleza aguada, descubriendo la brisa de unos besos, la hermosa herida carnosa resguarda en su trigal.

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