domingo, 24 de enero de 2010

LA HISTORIA DE UN SECRETO

Bajo las luces del cielo estrellado, resplandeciente el delirio guardado, sentado sobre la cama, abriendo el compás de mis piernas abrazadas en el principio de esa brillante raya abierta, ahí, donde la espalda pierde su nombre, notaba la humedad de su vergel acariciando mi pene. Ella; extendió sus brazos hasta mis hombros, abalanzando su cuerpo sobre mi pecho. Sus pechos, libres, despiertos y duros, jugaban, en lentos movimientos, sobre mi cuerpo rozando mi piel, acallando mis suspiros.

Mis brazos fueron a reunirse bajo su espalda, mis manos se acoplaron a su culo, donde las yemas de mis dedos inventaban una nueva sinfonía sobre la elasticidad de su piel canela. Mi pene, como batuta de esa sinfonía, seguía el juego de sus pechos dando saltitos de placer en su bajo vientre. Noté una fuerza que desequilibraba mi cuerpo, sus manos forzaron mis hombros cayendo mi espalda sobre la cama. Antes de cerrar los ojos en placentera melodía, su dedo índice, como flecha en el arco de su boca, dibujaba un silencio en sus sobresalidos labios. Unos morritos de caramelo.

Se lo dije, le susurré al trasluz de su cuerpo bajo el cielo estrellado. Estás radiante, como naciente aurora boreal. Calla, me dijo; silencio, shssss ordenó su dedo en el dibujo de sus labios.
Ummm, noté el cosquilleo de su vientre sobre mi estomago. El flanco de sus ancas aposentándose abiertamente en mi grupa elevada, sintiendo como sus manos saboteaba dulcemente mi mástil erecto. Sus dedos liberaron mi pene, como amazona en la noche, jineta en el arte de montar, adopta la postura más cómoda para seguir la galopada excitante. Más que amazona, se transforma en Andrómaca, sentada sobre mí.
Los pies de Ella, estirados en horizontal, se apoyan atrapando la cabeza, la cabeza de su amante. Sus manos, libres, reanudan las caricias a su pene, acompañándolo suavemente en su vagina, un estanque dorado a la luz de las estrella. Cierro los ojos, mis manos, libres de ataduras, se turnan en el juego del tobogán, mientras la mano derecha se desliza desde el hombro izquierdo de Ella hasta la redondez de su culo, la mano izquierda sube por la ladera derecha, contorneando su cadera y
deteniéndose en esa manzana prohibida de su pecho, donde mis dedos retozan en ese botón despierto y duro de su pezón. Ascienden y descienden siguiendo la cadencia de Ella, una vez que acopló mi polla dentro de su coño.
Sentada sobre mí, ahogado mi pene en su interior, Ella, dominaba, como amazona Andrómaca, la cadencia del ritmo, suavemente comenzó unos movimientos como dibujando un ocho en el aire y que mi polla notaba esa circulación entre las húmedas paredes de sus carnosos labios. Mi pene dentro de Ella, sus pies estirados sobre mis hombros, mi placer iba en aumento y mis manos buscaban la base de sus espinillas como lianas para que no abandonara esa métrica placentera. Esa fusión iba increscendo en el orden y concierto de su partitura y desconcierto en cada susurro ininteligible de mi boca, Ella trotaba sobre mi, notando como sus dedos pellizcaban mis tetillas transformadas en granos de arroz. Sentía como mi pene, grueso, hinchado de sangre y placer, daba saltitos de gozo en su interior, notando el inicio de un deleite compartido. Ella bajó su cuerpo suspendiendo sus pezones a ras de pecho, lamiendo con su lengua mis labios. Nuestras bocas ya solo emitían palabras sin nombres. El chup chup de unos jugos, sus paredes labiales enjabonando mi verga, era el sonido de la fruición de disfrute en ese silencio espiado por la claridad de las estrellas. Aceleró el movimiento sin dejar espacio entre su vientre y mi vientre, sus manos apoyadas en mis caderas, para ayudarse en la subida y bajada de su culo sin liberar mi pene de su grieta. Mis manos se aferraron a sus nalgas, secundando rápidos movimientos, resbalando mis dedos por esa raja trasera hasta llegar por detrás a tocar sus abiertos labios, abriéndome camino en ese hermoso vergel mojado.
Mi polla, gorda, apunto de verter su lava, quedaba empinada y alborotada al sentir mi dedo dentro de su coño para embravecer el orgasmo de Ella. Un grito de mi amada, musa secreta, anunció, al tiempo que su cabeza descansó en mi pecho, el juego de mi dedo índice dentro de su vagina provocando el orgasmo ahogando palabras de gozo en mi pecho.
Segundos antes, un líquido viscoso y blanquecino, regaba sus paredes, su interior, liberando su lava por unos muslos que tiritaban de placer.

Ella permaneció unos minutos, como dormida, sobre mí, sus piernas hacia atrás y su cabeza sobre mi hombro izquierdo, Cuando despertó sin dormir, sus dientes mordisqueaban el pliegue de mi oreja izquierda.
Descabalgó su montura a media vuelta, quedando su cadera izquierda sobre mi cadera derecha. Nuestras manos prietas, nuestros cuerpos, sintiendo el tic tac retardado. Nuestros vientres, desfrenando sus espasmos estimulados.
Ella deshizo su quietud, montó sobre mí de nuevo, me mira y sonríe al ver mi cara, trota sobre mi cuerpo y descabalga de nuevo para colocarse en la misma postura anterior cogiendo mi mano izquierda, apretándola fuerte, como miedo a que huyera. Quería sentir el recorrido de mi sangre.

Me observaba. Puso su mano sobre su mejilla, un haz de luz, en línea recta, devolvía la exquisita redondez de sus hombros desnudos. Una suave piel torneada en la noche. Una risueña nariz contagiada por la sonrisa de sus ojos o por la felicidad de la obra ejecutada apenas unos minutos atrás, devolviéndome el espejo frente a mí, la desnudez de su espalda.
Apoyada la palma de su mano sobre la mejilla, su mirada fija, despertó mis ojos, deslizando mi mirada más allá de la volcánica cumbre de sus pechos adornados por la tranquila aureola de su mama. Resbalé mi mirada por la ladera de su cadera, a tientas, mi mano se dejó guiar por el incipiente faz de luz, siguiendo esas ondas de polvillo suspendidas en el aire, descansando en esa línea abierta que formaba su grupa trasera, jugueteando mi dedo en esa herida oscura. La yema de mis dedos rueda por su fina epidermis, abriendo aún más esa herida como abrigo de suave terciopelo sin un ápice de piel de gallina.

Le pregunto en que piensa. Que piensa esa mirada interrogante, fija y sonriente.

-Repaso tu cuerpo y me detengo en esas palabras ilegibles de pronunciado y prolongado placer que salieron de tus labios.- Me susurra. –Me hizo gracia que la fusión de mi nido florido sobre ti, aludieras y mencionaras el nombre de una mujer, Andrómaca.- Siguió diciendo.

-Andrómaca –dije- fue la esposa de Héctor y concubina de Neoptólemo, cuya mujer, Hermione, celosa por la belleza de Andrómaca, la acusaba de la esterilidad de su matrimonio a base de conjuros y hechizos. No le dio resultado, Andrómaca, ya le había dado un hijo a Neoptólemo y, en sus encuentros amorosos con el esposo de Hermione, se sentada a horcajadas sobre Neoptólemo.
Ella, sonreía todavía más con esta historia, extendió su brazo por debajo de mi nuca, posando sus labios en mi boca, navegando nuestras lenguas como el comienzo de una nueva batalla de Troya.

Pero esto, esta es otra historia…………..La historia de un secreto.

1 comentario:

  1. Tengo la carne de gallina y, aunque no es habitual en mí, creo que me he quedado sin palabras.

    ResponderEliminar